martes, 10 de octubre de 2017

Lo que sí tiene nombre

Me tomo el atrevimiento de profanar el título del libro de Piedad Bonett para enmarcar esta breve historia, que de una vez advierto, tiene un final feliz. Ya me cansé de tragedias anunciadas y de dolores que se pueden evitar, mejor le abro las puertas a lo que está por venir y de que nos queda de las lecciones aprendidas.
Piedad, en su obra cómo su hijo se quita la vida y cómo desde cualquier punto de vista, la vida vuelve al mismo lugar, a él, a ese lugar común que puede tener alguien al que se le ha ido todo. Escribo esto en parte para Piedad, pues años atrás estuve en la misma situación, pero no en la suya, sino, en la de su hijo, con once frascos de un fuerte opiodie decidí que mi vida debería llegar a su fin; egoísta tal vez, fui yo el que elegí, pero quiero que estas palabras queden en muchas cabezas y en especial en la de la escritora antioqueña.

No hacemos nada por azar, la muerte siempre está inminente a cualquier reacción, a cualquier acción; es sentir que podemos morir lo que nos mantiene vivos, pero también es morir lo que nos mantiene aquí. Me explico, no sé si fue el caso de su hijo, ni mucho menos pretendo faltarle al respeto a su memoria, pero alguien que toma este tipo de decisiones es alguien que planea, que estructura, que no tiene miedo de dar un paso más allá. Y no, no es un valiente cobarde, ni un cobarde valiente, como muchos gustan llamarlo; es un ser humano al cual su mundo se le destruyó. Hay infinidad de motivos por los cuales esto puede pasar, pero si hay algo en común es que al final se siente ese desespero de no poder más, de no ser capaz de dar la cara, de no levantar la frente y vivir con dignidad, es también que nos desgarren el alma, es también que nos desarmen y nos pongan desnudos ante el espejo de la vida y nos pregunten ¿quiénes somos?, ¿qué hemos hecho? Por eso señora Piedad, le escribo para que sepa que la vulnerabilidad que su hijo pudo haber sentido segundos antes no pudo ser evitada por nada, esto es para que usted y todas las personas que lo leen entiendan que suicidarse no es elegir morir, es elegir no vivir más, porque no estamos yendo hacia algo, estamos huyendo de algo, estamos corriendo de lo que es la vida y todo lo que esta significa, con preguntas, respuestas, soluciones y ensayos, y huimos no por cobardes ni mucho menos, sino porque tenemos el alma rota y a veces, no nos damos cuenta que esta se puede reparar.

viernes, 2 de junio de 2017

Mi verdad

No sabía que hace 3 años mi vida iba a cambiar para siempre, me veía tan feliz en lo que hacía, sentía que volar era parte de lo que yo era y que los sueños más pequeños eran los que se quedaban en la tierra. La verdad si me preguntan un día exacto, no lo tengo, aunque se me viene a la mente un tarro de galletas, ansiedad, soledad, frustración, más comida y más ansiedad, soledad y frustración, todos en el mismo momento, conversando como si el dolor del alma fuera un invitado más a tomar el algo.
No soy de contar historias, no soy de hablar de mi vida privada, pero por fin hoy me he dado cuenta de que alguien tiene que decir algo, alguien tiene que hablar y callar a las miles de personas que creen saber tanto y se comportan como jueces de las acciones de los demás. 
Tras ese episodio de hace algunos años vino uno y otro y otro, cada vez eran más fuertes, era más la comida, era más la angustia y poco a poco se le fue perdiendo el rumbo a mi vida, a esa línea que había trazado en frente de mí con tanta precisión y dedicación. Pero algo sí tendría claro por el resto de mis días y es que tendría que vivir bajo ciertos parámetros médicos y sociales hasta que la muerte me separara de la enfermedad. Fui diagnosticado con trastorno bipolar tipo II a mis 19 años tras estar cerca de una semana encerrado en un lugar vigilado por cámaras, médicos y enfermeras; no entendía qué era, pero sonreí, qué más podía yo hacer si esto ya tenía un nombre y, suponía yo, unos medicamentos y una cura; por fin no tendría que tomar el algo con mis indiseables nuevos mejores amigos, o eso pensé yo.
Primero quiero dejar claro que el trastorno bipolar, no es estar triste un momento y feliz el otro, no es salir a matar a alguien o tener que estar en una bata blanca todo el día por los pasillos de un hospital enchapado en baldocín blanco, no es no saber qué hacer con la vida, el TAB (Trastorno Afectivo Bipolar), es definido por Sheerwood Brown como: “condición que clínicamente se refleja en estados de manía o, en casos más leves, hipomanía junto con episodios alternantes de depresión, de tal manera que el afectado suele oscilar entre la alegría y la tristeza de una manera mucho más extrema y duradera que las personas que no padecen esta patología”.
Lo que no estaba del todo claro para mí, era que yo tenía que hacer grandes sacrificios por sentirme bien, entre estos: no trasnochar, no tomar, no consumir drogas, llevar un registro del estado del ánimo, ir al psiquiatra, ir al psicólogo, ir a talleres, tomarme 7 pastillas diferentes, en diferentes momentos del día, sonreír cuando estaba triste, calmarme cuando estaba muy feliz, entender que no era yo el que me sentía así por lo que hacía o no, que todo era producto de neurotransmisores que funcionaban mal o muy bien a la hora que se les daba la gana; tuve que entender lo que era despersonalizarme de mis emociones, eso tal vez ha sido lo más duro de este proceso, tener siempre miedo a que la felicidad no sea real y saber que la vuelta de la esquina, tarde o temprano, está la depresión. 
Escribo esto con el fin de que las personas se den cuenta de que soy un humano normal, de que hay miles de personas alrededor que sufren enfermedades mentales y llevan su vida como cualquiera, que el hecho de que los síntomas no se vean reflejados físicamente no quiere decir que no estén ahí, por ahí están y duelen, créanme no saben lo que es luchar contra la propia mente. Alguna vez alguien me dijo, “yo creo que eso son pataletas”, después alguien me expresó, “pero no me vaya a matar jajajaja”, al primero no le desearía el dolor de una enfermedad mental, pero al segundo, aunque tampoco se lo deseo, le haría saber todo lo que su ignorancia duele.
Creo que he sido lo suficientemente responsable con mi enfermedad para que esta sea respetada, no pido compasión de nadie, pido que las enfermedades mentales sean tratadas como enfermedades, pido que ese 17% de personas en Colombia que sufren de alguna de estas patologías tengan acceso a medicamentos de calidad, a tratamientos de calidad y que no sean estigmatizados por sus propios terapeutas o familiares.
Según un estudio de la Universidad de la Sabana, 80% de las personas con TAB en Colombia no han sido diagnosticadas y peor aún el 15% de personas con esta enfermedad han recurrido al suicidio como una opción; esto no se puede convertir en una opción más, no podemos esperar a que las cosas pasen y ver cómo las vidas se van para simplemente juzgarlas desde afuera, es difícil, sí, ni yo mismo entiendo muchas veces ciertos comportamientos o diagnósticos, pero creo que es necesario que seamos más tolerantes y abiertos con las diferencias de los demás, con lo que cada uno constituye como ser humano y entender que esto y el amor es lo único que cura las heridas del cuerpo y las del alma.
Por último, este trastorno no me define como persona, talvez me ha moldeado porque me ha enseñado a vivir en constante cambio y a conocerme mucho mejor, pero no es lo que yo soy, yo no soy bipolar, yo tengo trastorno bipolar, que vive dentro de mí, pues bueno, que no lo quiero, pues me toca aguantármelo, pero ahí está él y aquí estoy yo, por mi parte sigo trazando delante de mí la confusa línea de mi vida y que él trace la suya, no lo pienso ayudar.

jueves, 2 de junio de 2016

Crónicas | Cuando el burro deja de rebuznar y empieza a gritar ¡libertad!


“El que volea plomo sin rango es terrorista (…) la esclavitud no es por las cadenas, es por la ignorancia”, gritaba en medio de la multitud. Un señor de unos 50 años con la Constitución Política en la mano hace eco de la marcha que estaba a punto de formarse en la Plazuela de San Ignacio, en el centro de Medellín. Con él, discute un anciano cubierto con una máscara de Jaime Garzón quien grita a los cuatro vientos, “el comunismo tiene cagado a Colombia”.

En el centro de este grupo de personas, en su mayoría universitarios, se encontraba un miembro de la Policía Nacional escuchando a Yuri Neira, padre de Nicolás Neira, un joven, asfixiado con gas y después asesinado a golpes en el 2005 a manos del ESMAD (Escuadrón Móvil Antidisturbios). Neira, se encuentra acompañado por dos miembros de una ONG que vela por el correcto cumplimiento de los derechos humanos y quienes se encargan, al igual que muchos de los asistentes, de capturar el momento de la discusión.

“¿Qué es libertad de pensamiento?, la Constitución es prohibida porque el burro deja de rebuznar y empieza a gritar ¡libertad!”, continua vociferando el hombre mientras agita la Constitución. Yuri termina de hablar con el policía, y explica lo que le sucedió a su hijo aquel 1 de mayo cuando solo tenía 15 años, señala, además, que “no tenemos un manual de ellos (la Fuerza Pública)” y  “basta ya con el silencio, porque no es una opción, necesitamos pruebas de los ciudadanos, ya que si nos quedamos con las investigaciones del Gobierno, ellos mismos pueden cambiar las evidencias”.

Nicolás, estuvo internado en la Clínica Saludcoop de la Calle 104 en Bogotá durante los cinco días que duró su agonía, pero ahí no terminó el calvario de asimilar la fugacidad del paso por el mundo de un inocente victimizado por sus “protectores”; su padre, quien desde ese día encabeza la Fundación Nicolás Neira, ha sido amenazado y hostigado en varias ocasiones, “yo sé que hay miedo y ellos saben amenazar a la familia”, afirma incitando a las personas a no quedarse calladas, ya que según él, “nosotros, con nuestro silencio, les hemos dado autorización de actuar”.

“El comunismo tiene cagado este país” seguía exclamando el hombre aferrado a la Constitución. Mientras tanto, en un costado del parque, Dorita, como señaló que quería que la llamaran, vende tintos y asiente a todo lo que gritan los universitarios, Yuri, “el de la máscara de Garzón” y “el de la Constitución”. “Llevo 23 años vendiendo tintos, aquí en este mismo lugar, y esos “hijueputas”, porque eso es lo que son, han atentado contra nosotros varias veces, pero yo no me dejo, porque  soy muy de sonrisas y cosas buenas, pero cuando me irrespetan es otro cuento conmigo”, cuenta ella mientras limpia con serenidad, el agua que se le acaba de regar. “Esta  no es una zona violenta y la mayoría somos mujeres cabeza de familia,  a muchas les da miedo hablar, entonces hace tres años fui llorando a Confama y una doctora lo más de querida me ayudó a hablar con uno de los duros de la policía, al que le dije que los tenían que cambiar a todos y le canté algunas otras verdades; gracias a Dios, esa vez sí logré sacar los permisos, y desde eso ni me tocan cuando vienen, me ignoran”, narra orgullosamente esta señora de 55 años quien prefiere quedar en el anonimato y siente un gran cariño por los jóvenes universitarios, pues según ella entienden mejor las cosas y le dan más valor a las personas como ella.

En manos de quién está la justicia de este país si los que están llamados a ejercerla por la fuerza cuando la situación lo amerite, se aprovechan de su posición, al igual que aquellos que lo hacen por las vías jurídicas. Entonces, no queda más que el poder de los indignados, esa voz que sale del corazón, que traspasa muros y naciones, la que llora en el silencio de la tinta de Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez y William Ospina, esa voz del pueblo, esa voz para demostrar que son más, esa voz que grita ¡Garzón, Galán y Gaitán!, un coro que desde el Cielo o la Tierra buscan por medio de sus cantos mostrar la realidad de una nación, de protestar por ellos y por los que tienen miedo, los que se quedan en el conformismo de lo que tienen, porque así, según ellos, tocó vivir.


“Ahí viene una tanqueta ¡qué chimba!”, fue lo último que escuché, o tal vez lo último que quise escuchar.

jueves, 19 de mayo de 2016

Crónica | Jugos Ela

Todos los días nos recordamos a nosotros mismos lo que hemos vivido, quiénes somos, dónde estamos, por qué somos y por qué estamos. Mirar al pasado, algo,  que parece ser inherente al ser humano, de pronto, es ver de qué estamos hechos; pero he encontrado una particularidad, una serie de personas que tienen el futuro y el presente ante sus ojos y para los que ir al pasado, ya sea por dolor o decisión, resulta casi que imposible o ni siquiera es una opción.

Son las seis y media de la mañana, bus, Metro, Metrocable, carretera, camino, dos giros a la derecha, camino. Es una casa azul al costado del camino, tiene una gran ventana, afuera un par de mesas con sillas, a la derecha está la puerta y adentro está doña Ena. Nació en Cartagena, se casó, vivió en Urabá de donde hace diez años huyó desplazada por la violencia; llegó a Medellín en compañía de su esposo, dos hijas y la vida, que, irónicamente, aún le faltaba por vivir.

En la parte baja de Santa Cruz (comuna 2), en el nororiente de la ciudad, donde el Río Medellín, deja parte de lo que lleva y se lleva consigo de nuevo parte de lo que deja, la familia tuvo lo que para ellos, fue su primer hogar lejos de tanta violencia, pero meses después fue el río quien se encargó de arrasar con lo que para ellos era tierra firme tras tanto caminar. Una invasión en Bello, ese fue el siguiente destino, pero como en un mal sueño, la violencia los volvería a tocar, y donde más le duele a Ena, su techo.

“Unos muchachos nos sacaron de allá y dormimos un mes en el parque de Bello, en ese mes caminamos durante casi 20 horas todos los días, hasta la comuna uno, buscando un lugar, un espacio, algo donde hacer un hogar, pero no, no pudimos encontrar”, cuenta como quien apenas narra el principio de una historia y no como quien vivió el final de una. Un día de esos que como un nómada dedicaba a caminar y cuando sus pies ya casi tocaban el cielo, más arriba de la estación Santo Domingo del Metrocable, alguien le ofreció un lote en Bello, en el barrio Manantiales de Paz, por dos millones de pesos. 

“La felicidad no está siempre ahí, primero, nos dijeron que ellos no llamaban y ni siquiera teníamos un teléfono y mucho menos para uno, mí mamá se enfermó y me tuve que ir para Cartagena, cuando volví no había nada”, relata Ena quien sabía que no podía dejar derrumbar su hogar, no por falta de amor, unidad o ganas, sino por falta de un lugar para dormir. Días después de su regreso un ángel, como dice ella, le ofreció un lote otra vez en el mismo barrio; a cambio de no decirle nada a “Los muchachos”, una banda criminal del sector, le pidieron 750.000 pesos; y con la ayuda económica de la de la dueña de la casa donde estaba como trabajadora doméstica, en sus propias palabras, le empezaron a “volear hacha y pica a esto”, es un terreno que queda en una ladera del Valle de Aburrá y en el cual cada mañana, abre Jugos Ella (Ena, Liliana y Argelis) una empresa que con misión, visión y ganas que ha ido creciendo así como la sonrisa y la esperanza de esta familia.

De nuevo, de nuevo y de nuevo, Manantiales de Paz, vereda Granizal, Bello: Son las seis y media de la mañana, bus, Metro, Metrocable, carretera, camino, dos giros a la derecha, camino. Es una casa azul al costado del camino, tiene una gran ventana, afuera un par de mesas con sillas, a la derecha está la puerta y adentro está doña Ena. Ha soportado el azar del río y su cause, ha huido, ha huido atada a los suyos porque atrás no hay nada más para dejar. 

Ahora, allá donde para muchos el cielo toca la tierra y desde donde Ena contempla las luces de la ciudad, ella, es una líder comunitaria, estudia, tiene un negocio de jugos, quiere comprar hornos para ampliarlo y se describe a sí misma como una soñadora. En una pared de su casa, hay fotos de una playa, de un carro, de carnes, copas de vino, ramos de flores, casas grandes, una misión y una visión de negocio; todo esto marcado con un aviso que dice “2015 Proyecto De Vida JugoEla (…) incremento de ventas en 100%”, Ena no está esperando a que un milagro cambie su vida, su sonrisa y su jugo de fresa, son una muestra de que ella es un milagro y que ella misma ha cambiado su vida y le ha dado un techo a su familia.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Crónica | Ahora vengo para que lloremos

Con una canción que no enmarca más que recuerdos nostálgicos y una atmósfera que revive el silencio ausente durante más de medio siglo, miro a la cara de las personas a mi alrededor, cabezas llenas de canas de experiencia, arrugas que decoran sus llorosos ojos y sonrisas totalmente hipócritas al momento. Les enseñaron a no llorar, porque no es de caballeros ni de damas, pero hoy, es simplemente inevitable.
Rocío Londoño, una mujer de 75 años, mira fijamente hacia la tarima del lugar que sería el baúl de los recuerdos más grandiosos que vivió, el Club Medellín. Fundado hace 66 años y llevando el nombre de la ciudad, este club, originalmente ubicado en La Playa y antes de diez años trasladado a lo que conocemos como la calle Colombia entre El Palo y Girardot, se convirtió en un símbolo de la sociedad antioqueña, pero más que eso, para ella y para el resto de socios, este se convirtió en el lugar, como ella lo describe, “más maravilloso del mundo”.
Hoy, después de ser socia durante 45 años, en sus ojos azules no se refleja la tranquilidad de siempre, las lágrimas funcionan como lupas que solo magnifican el dolor que le produce ver el último día de servicio de este lugar que ahora solo queda en el recuerdo de momentos como las primeras comuniones de sus seis hijos, el matrimonio de los únicos cuatro que se casaron, la celebración de sus bodas de plata, oro y diamante, celebraciones de fin de año, así como muchos cumpleaños y fiestas con las orquestas y artistas más grandes del país y de la región, entre los que se encuentran Claudia de Colombia, el Combo de las Estrellas, la Billo’s Caracas Boys, entre muchos otros que estuvieron a cargo de hacer inolvidable cada momento.
Rocio nació en Quinchía, Risaralda un pueblo enmarcado por el café y carreteras destapadas que se pierden entre montañas que se funden entre azules infinitos llenos de nubes que parecen una tierna pintura de un niño que apenas da sus primeros trazos, una cultura macihista y patriarcal, un padre que nunca la dejó tocar un plato o una escoba, diamantes y esmeraldas adornaban su cabeza y hacían juego con sus delicadas manos que nunca aprendieron nada más que el arte de escribir en máquina y que más tarde se encargarían de cargar hijos, dar los toques finales a la ropa que arreglaban sus dos empleadas del servicio, alistarle “la pinta del día” a Gerardo, su esposo, entre otras labores que nunca se salieron de lo cotidiano, de lo delicado, de lo que debía hacer toda una “dama de sociedad” tal y como le enseñó su papá.
Ella y William Montoya, mesero desde hace 18 años, lo recuerdan como un lugar acogedor, bonito y con mucha altura, el cual empezó con cerca de 750 socios, llegó a tener 1100 y hoy cierra sus puertas con tan solo 120. William culpa de esta decadencia a la alta selectividad que tenían los dirigentes para dejar entrar o no un nuevo socio, “la gente tenía que pasar hojas de vida para entrar y una carta de retiro para salirse” dice él mirando hacia el suelo, y aunque entre estos 120 socios se hizo hasta lo imposible, “pasadas administraciones no se interesaron por nuevos clientes y por los jóvenes que están más seguros aquí que en la calle, un club da seguridad”. Este lugar le deja solamente gratos recuerdos a él, y señala que conoció a padres, hijos y nietos de una misma familia, se encariñó con más de una generación.
Todo el mundo se conoce, todo el mundo se saluda, todo el mundo llora, pero ahí va ella, elegante como siempre, alta y con una sonrisa que siempre impacta, pero que esta vez no logra ocultar su tristeza, voltea y señalando la pista de baile me dice: “Alfonso Fernández, director de Los Black Stars decía que esta era la única pista de mármol de toda Colombia”, entonces,  mira a los socios que bailan y a los que están sentados mirando hacia el vacío, ¿qué más vacío que el que deben estar sintiendo por ver irse ante sus ojos el lugar de sus más preciados recuerdos?. El club es como un hijo para ellos, y como hijo ellos esperan irse de este mundo antes que él. Por su lado pasa un señor de unos 60 años de edad, un poco pasado de tragos y le dice: “doña Rocío, que dolor tan hijueputa, ahora vengo para que lloremos”.
Ahora este club olvidado por las nuevas generaciones, que no entienden en su mayoría lo que significa para la ciudad y su historia la partida de este, da paso a algo paradójicamente lleno de jóvenes, una universidad (CENSA), que dejará las instalaciones tal y como están en este momento y como estuvieron durante cerca de 60 años, mostrando así que un club, o al menos este, no son un lugar, son las personas, las memorias y las anécdotas que estos guardan como tesoros en sus corazones, y que se irán el día que todas las generaciones que alguna vez tuvieron algo que ver con el club, se hallan ido o se olviden de este, así como Medellín se olvidó de él.

martes, 3 de noviembre de 2015

Historia | Sin título


No sabia de calibres, de marcas o materiales, no me importaba, solo sé que el gatillo y mi índice fueron uno solo esa noche; le hice el amor a un revolver, y le hice la muerte, si es que esta se puede hacer, a la carne, a la cabeza de una mujer. 
Cargué la sangre de la culpa hasta lo que podría llamar hogar, nos tendimos en lo que quedaba de cama, abrí la nevera y el olor a leche descompuesta inundaba la habitación; cadáveres, leche, queso, que gran día para la que la muerte fría y silenciosa conociera esta piel. Desde que estoy en esta casa me acomodo a los estruendosos ruidos del silencio, y del barrio, un vallenato para bailar o llorar, o que tal salsa para lo mismo, a veces, el merengue no permite explorar esta dialéctica y las rancheras me manchan de un cursi amor. Pero esta noche es para celebrar, he hecho algo, he tocado una vida, no lo quería ¿o sí? Ya nada importa, ahora cierro la puerta de la nevera y con los destellos de lo que queda de vida ahí afuera, ella y yo bailamos, bailamos hasta que cada músculo me duele, me arde, tengo sed y en mi garganta no queda nada más que el recuerdo del agua con barro que tomé hace unas horas, pero ya para qué sed ¿o sí? Solo está la gratificación del trabajo bien hecho, de la vida bien vivida y de la vida bien robada. 
Hasta la madrugada, mis pies conocieron el frío del cemento y la sangre poco a poco empezaba a salir, era hermosa, era como tener pistas de cómo seguir, de cómo seguir bailando; que no pare el vallenato, que no pare la salsa, que aquí este servidor de la vida y de la muerte, quiere seguir bailando, porque por fin es dueño de algo. 
Ya es hora de dormir preciosa vida, ya es hora de descansar hermosa muerte, es que ni sé cómo llamarte, ni sé cómo tocarte, soy tan tuyo y tú eres tan mía; nos tendemos en la cama, yo con un revolver en mi mente y ella con el corazón en la mano. La beso, como muchos besan a la vida, la agarro por la cintura y hago de ella lo que muchos han hecho de mí, el amor en el silencio, el amor en la oscuridad, el amor que no puede ser amor, es hora de partir, ya la nevera no es lo único que vicia esta habitación, el agua con barro espera por ti hermosa, lloraré por semanas, la culpa será mi aliada, hasta que por fin, yo, vuelva a buscar otro nombre, vuelva a querer ser alguien. No conozco un dolor más grande que la culpa, espero que ella conozca a alguien más que grande que yo.

Una despedida | Qué es la vida, una ilusión

-Alejo, ¿usted es feliz? 
-No, no creo

-Juuum eso, va muy bien hombre, siga así…

Conocí a Camilo, con los pantalones al revés, sí, teníamos unos ocho o nueve años. Nos volvimos compañeros unos años más tarde y me encontré a una persona sencilla, sincera y que sí, estaba loco. No fue el mismo después de Budha Blues y entendió, como muy pocos lo hacen que su vida era ahí y ahora, nunca desperdició tiempo; la lectura, los amigos, la bicicleta, sus papás, abuelos, la fotografía, geología y muchas otras pasiones, daban, misteriosamente vueltas en su vida.

-Alejo, ¿qué le ha dicho su papá de mí? 
-¿Que qué es Kumarag? 
-Un almacén de ropa.

Es que a nadie más se le ocurre ir de chanclas al colegio; verlo comer papas de limón, era un desafío, verlo desafiar al un profesor, era cosa de casi todos los días. 

-Pille, pille; no voy a hacer nada en este clase hasta que Calvin explote.

Pero quién iba a explotar de mala manera a bromas inocentes, a discusiones que casi nunca salían bien y que como le decía, parecían sacadas de El Chavo. Inteligente, no porque me lo parezca, sino porque así lo demostró, lo que no le gustaba no tenía problema no es solo decirlo, sino en dejarlo de hacer, ver bailar a Camilo, es un privilegio que pocos tuvimos, se enamoró de la bicicleta, de la naturaleza y de la vida; “¿Alejo, cada día me parezco más a su tío?”. 
Siempre estuvo orgulloso de su papá, cada logro, era un logro de los dos; él no tenía mamá y hermana, él tenía las mejores amigas; si algo era importante para él, era saludar a sus “viejitos”. Biuty, Fayuri, Cabezón, Cami, Fayu, Locadio…; solo le puedo decir que gracias, gracias por la risas, por las lecciones, por decirme que me amaba, por abrirme las puertas de su casa, de su vida, por sus historias, locuras, nobleza, por esa risa tan hoooorrible, esa impuntualidad tan perfecta, ese talento para hacer entender, que hacer nada, no era ser infeliz; pero que ser feliz, era salir a intentarlo, y así, ayudándole a recordar a una viejita con Alzheimer, me enseñó que la memoria se queda corta, cuando es un loco el que decide escribir su vida.

-Oe Biuty venga yo le tomo una foto.
-¡No, usted no sabe, venga yo se la tomo! 
-¡Que yo si sé! 
-¿Qué es obturación? 
-Ah bueno, hágale usted. 
-Eso Alejandro, pose pose que lo suyo es la cara y lo mío las manos. 
-Camilo, sus dedos son taaaan feos.

– JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJJA que chimba de foto.