“El que volea plomo sin rango es terrorista (…) la esclavitud no es por
las cadenas, es por la ignorancia”, gritaba en medio de la multitud. Un señor
de unos 50 años con la Constitución Política en la mano hace eco de la marcha
que estaba a punto de formarse en la Plazuela de San Ignacio, en el centro de
Medellín. Con él, discute un anciano cubierto con una máscara de Jaime Garzón
quien grita a los cuatro vientos, “el comunismo tiene cagado a Colombia”.
En el centro de este grupo de personas, en su mayoría universitarios, se
encontraba un miembro de la Policía Nacional escuchando a Yuri Neira, padre de
Nicolás Neira, un joven, asfixiado con gas y después asesinado a golpes en el
2005 a manos del ESMAD (Escuadrón
Móvil Antidisturbios). Neira, se encuentra acompañado por dos miembros de una
ONG que vela por el correcto cumplimiento de los derechos humanos y quienes se
encargan, al igual que muchos de los asistentes, de capturar el momento de la
discusión.
“¿Qué es libertad de pensamiento?, la Constitución
es prohibida porque el burro deja de rebuznar y empieza a gritar ¡libertad!”,
continua vociferando el hombre mientras agita la Constitución. Yuri termina de hablar
con el policía, y explica lo que le sucedió a su hijo aquel 1 de mayo cuando
solo tenía 15 años, señala, además, que “no tenemos un manual de ellos (la
Fuerza Pública)” y “basta ya con el
silencio, porque no es una opción, necesitamos pruebas de los ciudadanos, ya
que si nos quedamos con las investigaciones del Gobierno, ellos mismos pueden
cambiar las evidencias”.
Nicolás, estuvo internado en la Clínica
Saludcoop de la Calle 104 en Bogotá durante los cinco días que duró su agonía,
pero ahí no terminó el calvario de asimilar la fugacidad del paso por el mundo
de un inocente victimizado por sus “protectores”; su padre, quien desde ese día
encabeza la Fundación Nicolás Neira, ha sido amenazado y hostigado en varias ocasiones,
“yo sé que hay miedo y ellos saben amenazar a la familia”, afirma incitando a
las personas a no quedarse calladas, ya que según él, “nosotros, con nuestro
silencio, les hemos dado autorización de actuar”.
“El comunismo tiene cagado este país”
seguía exclamando el hombre aferrado a la Constitución. Mientras tanto, en un
costado del parque, Dorita, como
señaló que quería que la llamaran, vende tintos y asiente a todo lo que gritan
los universitarios, Yuri, “el de la máscara de Garzón” y “el de la Constitución”.
“Llevo 23 años vendiendo tintos, aquí en este mismo lugar, y esos “hijueputas”,
porque eso es lo que son, han atentado contra nosotros varias veces, pero yo no
me dejo, porque soy muy de sonrisas y
cosas buenas, pero cuando me irrespetan es otro cuento conmigo”, cuenta ella
mientras limpia con serenidad, el agua que se le acaba de regar. “Esta no es una zona violenta y la mayoría somos
mujeres cabeza de familia, a muchas les
da miedo hablar, entonces hace tres años fui llorando a Confama y una doctora
lo más de querida me ayudó a hablar con uno de los duros de la policía, al que
le dije que los tenían que cambiar a todos y le canté algunas otras verdades;
gracias a Dios, esa vez sí logré sacar los permisos, y desde eso ni me tocan
cuando vienen, me ignoran”, narra orgullosamente esta señora de 55 años quien
prefiere quedar en el anonimato y siente un gran cariño por los jóvenes
universitarios, pues según ella entienden mejor las cosas y le dan más valor a
las personas como ella.
En manos de quién está la justicia de
este país si los que están llamados a ejercerla por la fuerza cuando la
situación lo amerite, se aprovechan de su posición, al igual que aquellos que
lo hacen por las vías jurídicas. Entonces, no queda más que el poder de los
indignados, esa voz que sale del corazón, que traspasa muros y naciones, la que
llora en el silencio de la tinta de Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez y
William Ospina, esa voz del pueblo, esa voz para demostrar que son más, esa voz
que grita ¡Garzón, Galán y Gaitán!, un coro que desde el Cielo o la Tierra buscan
por medio de sus cantos mostrar la realidad de una nación, de protestar por
ellos y por los que tienen miedo, los que se quedan en el conformismo de lo que
tienen, porque así, según ellos, tocó vivir.
“Ahí viene una tanqueta ¡qué chimba!”,
fue lo último que escuché, o tal vez lo último que quise escuchar.
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