No sabia de calibres, de marcas o materiales, no me importaba, solo sé que el gatillo y mi índice fueron uno solo esa noche; le hice el amor a un revolver, y le hice la muerte, si es que esta se puede hacer, a la carne, a la cabeza de una mujer.
Cargué la sangre de la culpa hasta lo que podría llamar hogar, nos tendimos en lo que quedaba de cama, abrí la nevera y el olor a leche descompuesta inundaba la habitación; cadáveres, leche, queso, que gran día para la que la muerte fría y silenciosa conociera esta piel. Desde que estoy en esta casa me acomodo a los estruendosos ruidos del silencio, y del barrio, un vallenato para bailar o llorar, o que tal salsa para lo mismo, a veces, el merengue no permite explorar esta dialéctica y las rancheras me manchan de un cursi amor. Pero esta noche es para celebrar, he hecho algo, he tocado una vida, no lo quería ¿o sí? Ya nada importa, ahora cierro la puerta de la nevera y con los destellos de lo que queda de vida ahí afuera, ella y yo bailamos, bailamos hasta que cada músculo me duele, me arde, tengo sed y en mi garganta no queda nada más que el recuerdo del agua con barro que tomé hace unas horas, pero ya para qué sed ¿o sí? Solo está la gratificación del trabajo bien hecho, de la vida bien vivida y de la vida bien robada.
Hasta la madrugada, mis pies conocieron el frío del cemento y la sangre poco a poco empezaba a salir, era hermosa, era como tener pistas de cómo seguir, de cómo seguir bailando; que no pare el vallenato, que no pare la salsa, que aquí este servidor de la vida y de la muerte, quiere seguir bailando, porque por fin es dueño de algo.
Ya es hora de dormir preciosa vida, ya es hora de descansar hermosa muerte, es que ni sé cómo llamarte, ni sé cómo tocarte, soy tan tuyo y tú eres tan mía; nos tendemos en la cama, yo con un revolver en mi mente y ella con el corazón en la mano. La beso, como muchos besan a la vida, la agarro por la cintura y hago de ella lo que muchos han hecho de mí, el amor en el silencio, el amor en la oscuridad, el amor que no puede ser amor, es hora de partir, ya la nevera no es lo único que vicia esta habitación, el agua con barro espera por ti hermosa, lloraré por semanas, la culpa será mi aliada, hasta que por fin, yo, vuelva a buscar otro nombre, vuelva a querer ser alguien. No conozco un dolor más grande que la culpa, espero que ella conozca a alguien más que grande que yo.
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