jueves, 19 de mayo de 2016

Crónica | Jugos Ela

Todos los días nos recordamos a nosotros mismos lo que hemos vivido, quiénes somos, dónde estamos, por qué somos y por qué estamos. Mirar al pasado, algo,  que parece ser inherente al ser humano, de pronto, es ver de qué estamos hechos; pero he encontrado una particularidad, una serie de personas que tienen el futuro y el presente ante sus ojos y para los que ir al pasado, ya sea por dolor o decisión, resulta casi que imposible o ni siquiera es una opción.

Son las seis y media de la mañana, bus, Metro, Metrocable, carretera, camino, dos giros a la derecha, camino. Es una casa azul al costado del camino, tiene una gran ventana, afuera un par de mesas con sillas, a la derecha está la puerta y adentro está doña Ena. Nació en Cartagena, se casó, vivió en Urabá de donde hace diez años huyó desplazada por la violencia; llegó a Medellín en compañía de su esposo, dos hijas y la vida, que, irónicamente, aún le faltaba por vivir.

En la parte baja de Santa Cruz (comuna 2), en el nororiente de la ciudad, donde el Río Medellín, deja parte de lo que lleva y se lleva consigo de nuevo parte de lo que deja, la familia tuvo lo que para ellos, fue su primer hogar lejos de tanta violencia, pero meses después fue el río quien se encargó de arrasar con lo que para ellos era tierra firme tras tanto caminar. Una invasión en Bello, ese fue el siguiente destino, pero como en un mal sueño, la violencia los volvería a tocar, y donde más le duele a Ena, su techo.

“Unos muchachos nos sacaron de allá y dormimos un mes en el parque de Bello, en ese mes caminamos durante casi 20 horas todos los días, hasta la comuna uno, buscando un lugar, un espacio, algo donde hacer un hogar, pero no, no pudimos encontrar”, cuenta como quien apenas narra el principio de una historia y no como quien vivió el final de una. Un día de esos que como un nómada dedicaba a caminar y cuando sus pies ya casi tocaban el cielo, más arriba de la estación Santo Domingo del Metrocable, alguien le ofreció un lote en Bello, en el barrio Manantiales de Paz, por dos millones de pesos. 

“La felicidad no está siempre ahí, primero, nos dijeron que ellos no llamaban y ni siquiera teníamos un teléfono y mucho menos para uno, mí mamá se enfermó y me tuve que ir para Cartagena, cuando volví no había nada”, relata Ena quien sabía que no podía dejar derrumbar su hogar, no por falta de amor, unidad o ganas, sino por falta de un lugar para dormir. Días después de su regreso un ángel, como dice ella, le ofreció un lote otra vez en el mismo barrio; a cambio de no decirle nada a “Los muchachos”, una banda criminal del sector, le pidieron 750.000 pesos; y con la ayuda económica de la de la dueña de la casa donde estaba como trabajadora doméstica, en sus propias palabras, le empezaron a “volear hacha y pica a esto”, es un terreno que queda en una ladera del Valle de Aburrá y en el cual cada mañana, abre Jugos Ella (Ena, Liliana y Argelis) una empresa que con misión, visión y ganas que ha ido creciendo así como la sonrisa y la esperanza de esta familia.

De nuevo, de nuevo y de nuevo, Manantiales de Paz, vereda Granizal, Bello: Son las seis y media de la mañana, bus, Metro, Metrocable, carretera, camino, dos giros a la derecha, camino. Es una casa azul al costado del camino, tiene una gran ventana, afuera un par de mesas con sillas, a la derecha está la puerta y adentro está doña Ena. Ha soportado el azar del río y su cause, ha huido, ha huido atada a los suyos porque atrás no hay nada más para dejar. 

Ahora, allá donde para muchos el cielo toca la tierra y desde donde Ena contempla las luces de la ciudad, ella, es una líder comunitaria, estudia, tiene un negocio de jugos, quiere comprar hornos para ampliarlo y se describe a sí misma como una soñadora. En una pared de su casa, hay fotos de una playa, de un carro, de carnes, copas de vino, ramos de flores, casas grandes, una misión y una visión de negocio; todo esto marcado con un aviso que dice “2015 Proyecto De Vida JugoEla (…) incremento de ventas en 100%”, Ena no está esperando a que un milagro cambie su vida, su sonrisa y su jugo de fresa, son una muestra de que ella es un milagro y que ella misma ha cambiado su vida y le ha dado un techo a su familia.

1 comentario:

  1. Es increible como la huella urbana se implanta en una pared organica y como las personas pueden llegar a ser Resilientes desde la memoria.

    Excelente.

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