martes, 10 de octubre de 2017

Lo que sí tiene nombre

Me tomo el atrevimiento de profanar el título del libro de Piedad Bonett para enmarcar esta breve historia, que de una vez advierto, tiene un final feliz. Ya me cansé de tragedias anunciadas y de dolores que se pueden evitar, mejor le abro las puertas a lo que está por venir y de que nos queda de las lecciones aprendidas.
Piedad, en su obra cómo su hijo se quita la vida y cómo desde cualquier punto de vista, la vida vuelve al mismo lugar, a él, a ese lugar común que puede tener alguien al que se le ha ido todo. Escribo esto en parte para Piedad, pues años atrás estuve en la misma situación, pero no en la suya, sino, en la de su hijo, con once frascos de un fuerte opiodie decidí que mi vida debería llegar a su fin; egoísta tal vez, fui yo el que elegí, pero quiero que estas palabras queden en muchas cabezas y en especial en la de la escritora antioqueña.

No hacemos nada por azar, la muerte siempre está inminente a cualquier reacción, a cualquier acción; es sentir que podemos morir lo que nos mantiene vivos, pero también es morir lo que nos mantiene aquí. Me explico, no sé si fue el caso de su hijo, ni mucho menos pretendo faltarle al respeto a su memoria, pero alguien que toma este tipo de decisiones es alguien que planea, que estructura, que no tiene miedo de dar un paso más allá. Y no, no es un valiente cobarde, ni un cobarde valiente, como muchos gustan llamarlo; es un ser humano al cual su mundo se le destruyó. Hay infinidad de motivos por los cuales esto puede pasar, pero si hay algo en común es que al final se siente ese desespero de no poder más, de no ser capaz de dar la cara, de no levantar la frente y vivir con dignidad, es también que nos desgarren el alma, es también que nos desarmen y nos pongan desnudos ante el espejo de la vida y nos pregunten ¿quiénes somos?, ¿qué hemos hecho? Por eso señora Piedad, le escribo para que sepa que la vulnerabilidad que su hijo pudo haber sentido segundos antes no pudo ser evitada por nada, esto es para que usted y todas las personas que lo leen entiendan que suicidarse no es elegir morir, es elegir no vivir más, porque no estamos yendo hacia algo, estamos huyendo de algo, estamos corriendo de lo que es la vida y todo lo que esta significa, con preguntas, respuestas, soluciones y ensayos, y huimos no por cobardes ni mucho menos, sino porque tenemos el alma rota y a veces, no nos damos cuenta que esta se puede reparar.

viernes, 2 de junio de 2017

Mi verdad

No sabía que hace 3 años mi vida iba a cambiar para siempre, me veía tan feliz en lo que hacía, sentía que volar era parte de lo que yo era y que los sueños más pequeños eran los que se quedaban en la tierra. La verdad si me preguntan un día exacto, no lo tengo, aunque se me viene a la mente un tarro de galletas, ansiedad, soledad, frustración, más comida y más ansiedad, soledad y frustración, todos en el mismo momento, conversando como si el dolor del alma fuera un invitado más a tomar el algo.
No soy de contar historias, no soy de hablar de mi vida privada, pero por fin hoy me he dado cuenta de que alguien tiene que decir algo, alguien tiene que hablar y callar a las miles de personas que creen saber tanto y se comportan como jueces de las acciones de los demás. 
Tras ese episodio de hace algunos años vino uno y otro y otro, cada vez eran más fuertes, era más la comida, era más la angustia y poco a poco se le fue perdiendo el rumbo a mi vida, a esa línea que había trazado en frente de mí con tanta precisión y dedicación. Pero algo sí tendría claro por el resto de mis días y es que tendría que vivir bajo ciertos parámetros médicos y sociales hasta que la muerte me separara de la enfermedad. Fui diagnosticado con trastorno bipolar tipo II a mis 19 años tras estar cerca de una semana encerrado en un lugar vigilado por cámaras, médicos y enfermeras; no entendía qué era, pero sonreí, qué más podía yo hacer si esto ya tenía un nombre y, suponía yo, unos medicamentos y una cura; por fin no tendría que tomar el algo con mis indiseables nuevos mejores amigos, o eso pensé yo.
Primero quiero dejar claro que el trastorno bipolar, no es estar triste un momento y feliz el otro, no es salir a matar a alguien o tener que estar en una bata blanca todo el día por los pasillos de un hospital enchapado en baldocín blanco, no es no saber qué hacer con la vida, el TAB (Trastorno Afectivo Bipolar), es definido por Sheerwood Brown como: “condición que clínicamente se refleja en estados de manía o, en casos más leves, hipomanía junto con episodios alternantes de depresión, de tal manera que el afectado suele oscilar entre la alegría y la tristeza de una manera mucho más extrema y duradera que las personas que no padecen esta patología”.
Lo que no estaba del todo claro para mí, era que yo tenía que hacer grandes sacrificios por sentirme bien, entre estos: no trasnochar, no tomar, no consumir drogas, llevar un registro del estado del ánimo, ir al psiquiatra, ir al psicólogo, ir a talleres, tomarme 7 pastillas diferentes, en diferentes momentos del día, sonreír cuando estaba triste, calmarme cuando estaba muy feliz, entender que no era yo el que me sentía así por lo que hacía o no, que todo era producto de neurotransmisores que funcionaban mal o muy bien a la hora que se les daba la gana; tuve que entender lo que era despersonalizarme de mis emociones, eso tal vez ha sido lo más duro de este proceso, tener siempre miedo a que la felicidad no sea real y saber que la vuelta de la esquina, tarde o temprano, está la depresión. 
Escribo esto con el fin de que las personas se den cuenta de que soy un humano normal, de que hay miles de personas alrededor que sufren enfermedades mentales y llevan su vida como cualquiera, que el hecho de que los síntomas no se vean reflejados físicamente no quiere decir que no estén ahí, por ahí están y duelen, créanme no saben lo que es luchar contra la propia mente. Alguna vez alguien me dijo, “yo creo que eso son pataletas”, después alguien me expresó, “pero no me vaya a matar jajajaja”, al primero no le desearía el dolor de una enfermedad mental, pero al segundo, aunque tampoco se lo deseo, le haría saber todo lo que su ignorancia duele.
Creo que he sido lo suficientemente responsable con mi enfermedad para que esta sea respetada, no pido compasión de nadie, pido que las enfermedades mentales sean tratadas como enfermedades, pido que ese 17% de personas en Colombia que sufren de alguna de estas patologías tengan acceso a medicamentos de calidad, a tratamientos de calidad y que no sean estigmatizados por sus propios terapeutas o familiares.
Según un estudio de la Universidad de la Sabana, 80% de las personas con TAB en Colombia no han sido diagnosticadas y peor aún el 15% de personas con esta enfermedad han recurrido al suicidio como una opción; esto no se puede convertir en una opción más, no podemos esperar a que las cosas pasen y ver cómo las vidas se van para simplemente juzgarlas desde afuera, es difícil, sí, ni yo mismo entiendo muchas veces ciertos comportamientos o diagnósticos, pero creo que es necesario que seamos más tolerantes y abiertos con las diferencias de los demás, con lo que cada uno constituye como ser humano y entender que esto y el amor es lo único que cura las heridas del cuerpo y las del alma.
Por último, este trastorno no me define como persona, talvez me ha moldeado porque me ha enseñado a vivir en constante cambio y a conocerme mucho mejor, pero no es lo que yo soy, yo no soy bipolar, yo tengo trastorno bipolar, que vive dentro de mí, pues bueno, que no lo quiero, pues me toca aguantármelo, pero ahí está él y aquí estoy yo, por mi parte sigo trazando delante de mí la confusa línea de mi vida y que él trace la suya, no lo pienso ayudar.