Me tomo
el atrevimiento de profanar el título del libro de Piedad Bonett para enmarcar
esta breve historia, que de una vez advierto, tiene un final feliz. Ya me cansé
de tragedias anunciadas y de dolores que se pueden evitar, mejor le abro las
puertas a lo que está por venir y de que nos queda de las lecciones aprendidas.
Piedad,
en su obra cómo su hijo se quita la vida y cómo desde cualquier punto de vista,
la vida vuelve al mismo lugar, a él, a ese lugar común que puede tener alguien
al que se le ha ido todo. Escribo esto en parte para Piedad, pues años atrás
estuve en la misma situación, pero no en la suya, sino, en la de su hijo, con once frascos de un fuerte opiodie decidí que mi vida debería llegar a su fin;
egoísta tal vez, fui yo el que elegí, pero quiero que estas palabras queden en
muchas cabezas y en especial en la de la escritora antioqueña.
No
hacemos nada por azar, la muerte siempre está inminente a cualquier reacción, a
cualquier acción; es sentir que podemos morir lo que nos mantiene vivos, pero
también es morir lo que nos mantiene aquí. Me explico, no sé si fue el caso de
su hijo, ni mucho menos pretendo faltarle al respeto a su memoria, pero alguien
que toma este tipo de decisiones es alguien que planea, que estructura, que no
tiene miedo de dar un paso más allá. Y no, no es un valiente cobarde, ni un cobarde
valiente, como muchos gustan llamarlo; es un ser humano al cual su mundo se le
destruyó. Hay infinidad de motivos por los cuales esto puede pasar, pero si hay
algo en común es que al final se siente ese desespero de no poder más, de no
ser capaz de dar la cara, de no levantar la frente y vivir con dignidad, es
también que nos desgarren el alma, es también que nos desarmen y nos pongan
desnudos ante el espejo de la vida y nos pregunten ¿quiénes somos?, ¿qué hemos hecho?
Por eso señora Piedad, le escribo para que sepa que la vulnerabilidad que su
hijo pudo haber sentido segundos antes no pudo ser evitada por nada, esto es
para que usted y todas las personas que lo leen entiendan que suicidarse no es
elegir morir, es elegir no vivir más, porque no estamos yendo hacia algo,
estamos huyendo de algo, estamos corriendo de lo que es la vida y todo lo que
esta significa, con preguntas, respuestas, soluciones y ensayos, y huimos no
por cobardes ni mucho menos, sino porque tenemos el alma rota y a veces, no nos
damos cuenta que esta se puede reparar.
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