jueves, 2 de junio de 2016

Crónicas | Cuando el burro deja de rebuznar y empieza a gritar ¡libertad!


“El que volea plomo sin rango es terrorista (…) la esclavitud no es por las cadenas, es por la ignorancia”, gritaba en medio de la multitud. Un señor de unos 50 años con la Constitución Política en la mano hace eco de la marcha que estaba a punto de formarse en la Plazuela de San Ignacio, en el centro de Medellín. Con él, discute un anciano cubierto con una máscara de Jaime Garzón quien grita a los cuatro vientos, “el comunismo tiene cagado a Colombia”.

En el centro de este grupo de personas, en su mayoría universitarios, se encontraba un miembro de la Policía Nacional escuchando a Yuri Neira, padre de Nicolás Neira, un joven, asfixiado con gas y después asesinado a golpes en el 2005 a manos del ESMAD (Escuadrón Móvil Antidisturbios). Neira, se encuentra acompañado por dos miembros de una ONG que vela por el correcto cumplimiento de los derechos humanos y quienes se encargan, al igual que muchos de los asistentes, de capturar el momento de la discusión.

“¿Qué es libertad de pensamiento?, la Constitución es prohibida porque el burro deja de rebuznar y empieza a gritar ¡libertad!”, continua vociferando el hombre mientras agita la Constitución. Yuri termina de hablar con el policía, y explica lo que le sucedió a su hijo aquel 1 de mayo cuando solo tenía 15 años, señala, además, que “no tenemos un manual de ellos (la Fuerza Pública)” y  “basta ya con el silencio, porque no es una opción, necesitamos pruebas de los ciudadanos, ya que si nos quedamos con las investigaciones del Gobierno, ellos mismos pueden cambiar las evidencias”.

Nicolás, estuvo internado en la Clínica Saludcoop de la Calle 104 en Bogotá durante los cinco días que duró su agonía, pero ahí no terminó el calvario de asimilar la fugacidad del paso por el mundo de un inocente victimizado por sus “protectores”; su padre, quien desde ese día encabeza la Fundación Nicolás Neira, ha sido amenazado y hostigado en varias ocasiones, “yo sé que hay miedo y ellos saben amenazar a la familia”, afirma incitando a las personas a no quedarse calladas, ya que según él, “nosotros, con nuestro silencio, les hemos dado autorización de actuar”.

“El comunismo tiene cagado este país” seguía exclamando el hombre aferrado a la Constitución. Mientras tanto, en un costado del parque, Dorita, como señaló que quería que la llamaran, vende tintos y asiente a todo lo que gritan los universitarios, Yuri, “el de la máscara de Garzón” y “el de la Constitución”. “Llevo 23 años vendiendo tintos, aquí en este mismo lugar, y esos “hijueputas”, porque eso es lo que son, han atentado contra nosotros varias veces, pero yo no me dejo, porque  soy muy de sonrisas y cosas buenas, pero cuando me irrespetan es otro cuento conmigo”, cuenta ella mientras limpia con serenidad, el agua que se le acaba de regar. “Esta  no es una zona violenta y la mayoría somos mujeres cabeza de familia,  a muchas les da miedo hablar, entonces hace tres años fui llorando a Confama y una doctora lo más de querida me ayudó a hablar con uno de los duros de la policía, al que le dije que los tenían que cambiar a todos y le canté algunas otras verdades; gracias a Dios, esa vez sí logré sacar los permisos, y desde eso ni me tocan cuando vienen, me ignoran”, narra orgullosamente esta señora de 55 años quien prefiere quedar en el anonimato y siente un gran cariño por los jóvenes universitarios, pues según ella entienden mejor las cosas y le dan más valor a las personas como ella.

En manos de quién está la justicia de este país si los que están llamados a ejercerla por la fuerza cuando la situación lo amerite, se aprovechan de su posición, al igual que aquellos que lo hacen por las vías jurídicas. Entonces, no queda más que el poder de los indignados, esa voz que sale del corazón, que traspasa muros y naciones, la que llora en el silencio de la tinta de Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez y William Ospina, esa voz del pueblo, esa voz para demostrar que son más, esa voz que grita ¡Garzón, Galán y Gaitán!, un coro que desde el Cielo o la Tierra buscan por medio de sus cantos mostrar la realidad de una nación, de protestar por ellos y por los que tienen miedo, los que se quedan en el conformismo de lo que tienen, porque así, según ellos, tocó vivir.


“Ahí viene una tanqueta ¡qué chimba!”, fue lo último que escuché, o tal vez lo último que quise escuchar.